Santanyí puede parecer sólo un destino turístico de sol y playa en una isla del Mediterráneo, pero en realidad es algo más: es paisaje, es cultura y gente. El pueblo, de unos tres mil habitantes, ejerce de capital de los doce pequeños núcleos urbanos que constituyen el municipio, de estos hay cuatro, s'Alqueria Blanca, Calonge, es Llombards y la Costa; que se formaron en el siglo XVIII alrededor de antiguas explotaciones agrarias, mientras que los otros, Cala d'Or, Portopetro, Cala Figuera, Cala Santanyí, Cala Llombards, Son Moja y es Cap des Moro, nacieron con la llegada del turismo a las islas.
El paisaje de todo el término municipal está de sobras humanizado. Siglos de actividad humana y las consecuentes divisiones territoriales han ido configurado una llanura de minifundios cerrados de pared seca, en los que están omnipresentes los almendros y, en menor medida, los algarrobos y las higueras. La pobreza del suelo y la abundancia de piedras son los elementos que definen este territorio. Los cereales han sido el cultivo no arbóreo por excelencia. El encanto de este terruño radica seguramente en la estructura en forma de mosaico que caracteriza la propiedad y en el importante patrimonio que, de vez en cuando, la embellece, tanto de restos arqueológicos (cuevas de enterramiento, navetas y poblados talayóticos), como de patrimonio histórico (torres de defensa, iglesias, casas rurales y urbanas, molinos de viento, etc.). Los edificios tradicionales, de una gran sencillez, que se encuentran dispersos por la campiña, tales como aljibes, cisternas, barracas de labrador, y soportales labriegos ..., ponen una nota de simplicidad arquitectónica sobre un campo hecho a medida del hombre. Los espacios naturales ocupan gran parte de la escasa orografía del término (Puig Gros, Penya Bosca), las cuencas torrenciales, dos latifundios meridionales y un sector grande de la ribera que aún mantiene su estado virginal.
Nos sentimos herederos de la gente acostumbrada a luchar para ganarse la vida. Las incursiones de los piratas, la falta de unas precipitaciones regulares, y el contrabando han marcado nuestra historia y muy probablemente nuestra idiosincrasia. Quien más quien menos, presume de tener ascendientes contrabandistas que conocían Gibraltar y Tánger como la palma de su mano o que saltaban la retícula de las divisiones rurales con un saco de café en la espalda.
Santanyí se ha ganado un nombre importante como tierra de poetas, escritores, pintores, escultores y demás gente dedicada a actividades artísticas, y es muy difícil decir qué virtud tiene esta parte de Mallorca para haber dado tan notoria densidad cultural. Es el paisaje? Es la fuerza de la luz? Santanyí es, sobre todo, eso: un espacio de justa e inmensa luz que deja ver bien dibujada la realidad. Nuestro gran poeta Blai Bonet decía que Santanyí es Grecia, afirmación que, lejos de ser un disparate, descansa sobre una similitud colosal de paisaje. Efectivamente, esta tierra, trasladada a cualquier lugar pelágico del Egeo, no sólo no distorsionaría, sino que participaría con toda la plenitud de voz de los encantos de unas islas tocadas por los dedos de quienes señorean en las alturas del Olimpo.
Entre los peligros que acechan a nuestra realidad cotidiana se asoman, como puntas de icebergs, la masificación y la llamada globalización, que se extiende por todas partes. Cabe preguntarse si, en un futuro más o menos inmediato, quedaremos diluidos en un mar de culturas. Nuestro reto más difícil es intentar adaptar a nuestra cultura la masificación de gente que, procedente de todos los continentes, se asienta entre nosotros para disfrutar de una tranquilidad cada día más escasa. Ojalá que la Virgen del Puig de Consolació sea capaz de obrar este milagro de la asimilación, aunque sea ya lo último que haga.
Santanyí magazine 08 / 2011